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Trabajadores de la tierra

  • Foto del escritor: ktsa967
    ktsa967
  • 6 sept 2023
  • 7 Min. de lectura

Actualizado: 25 ene 2024

Autor: Savka Jones

ⓒ Todos los derechos de autor reservados en esta obra literaria.



Ilustración de Svein Solem.




Durante las noches cálidas de verano, eventos mágicos se vivían en un lejano bosque. Cuando en el horizonte terminaba de esconderse el último rayo de sol, bajo la tierra había grupos de pequeños hombrecitos esperando salir a trabajar. Mientras unos hombrecitos iban de salida, otros hombrecitos volvían a casa después de sus turnos de trabajo. Todos ellos vivían en una sociedad armoniosa y equilibrada, por lo tanto todos los hombrecitos se dividían en grupos y turnos para cumplir con su labor. Su misión era trabajar la tierra de aquel bosque. Esos hombrecitos medían solo diez centímetros de alto. Sus casas estaban en cuevas muy ocultas bajo la tierra y eran muy pequeñas también, construidas con barro, ramas y hojas de variados árboles.


Cuenta una leyenda, que una vez un hombre adinerado, alto, corpulento y fuerte se perdió en aquel bosque. Aquel hombre se fue adentrado cada vez más en el espeso bosque y cuando cayó la noche, un grupo de luciérnagas había iluminado a un grupo de hombrecitos que caminaban de regreso hacia sus hogares. El hombre había gritado despavorido al ver aquella escena, alertando a los hombrecitos que un ser humano los había visto. Pero los hombrecitos tenían un humor muy especial, así que decidieron acercarse al hombre para asustarlo un poco y reírse de sus exageradas pero divertidas reacciones.


–Usted es muy alto, ¿cuánto mide? –preguntó un hombrecito.

–¡¿Acaso ustedes pueden hablar?! –gritó el hombre adinerado.

–Sí, podemos hablar y al parecer usted sólo sabe gritar –le dijeron los hombrecitos divertidos al ver la cara de sorpresa del hombre.

–Pues mido un metro con setenta centímetros –respondió él aún incrédulo.

–¡Vaya! Hombre, eres muy alto. Nosotros apenas medimos diez centímetros –dijo un hombrecito.

–Me doy cuenta… ¿acaso son ustedes un tipo de hada del bosque? –preguntó el hombre alto.

–No, somos gnomos y nos dedicamos a trabajar la tierra de este bosque –respondieron.

–¿Trabajan la tierra? ¿Acaso son agricultores o algo por ese estilo? –cuestionó nuevamente el hombre alto.

–Nosotros nos dedicamos a mover minerales, vitaminas, semillas, a lo largo de este bosque. Detrás de cada árbol, arbusto o flor hay un gran esfuerzo que hemos puesto todos nosotros, pero lo hacemos con alegría –respondió un hombrecito.

–¿Mover minerales? Ustedes están burlándose de mí, son simples hadas… -dijo aquel hombre sin creer lo que decían los hombrecitos.

–Señor, usted puede creernos o no creernos, es su decisión. Pero nos causa más curiosidad lo que lleva en el bolsillo derecho de su pantalón. –Los hombrecitos vieron el bolsillo muy abultado y les dio curiosidad.

–¿Te refieres a esto? –El hombre sacó un fajo de billetes y se los enseñó a los hombrecitos.

–¿Qué es eso? –preguntaron.

–Esto se llama dinero. Con esto uno obtiene la felicidad –dijo el hombre.


Los hombrecitos quedaron sorprendidos. Y se preguntaban por qué unos simples papeles rectangulares podían dar la felicidad.


–Señor, ¿qué es la felicidad para usted? –Los hombrecitos pensaron que quizás tenían opiniones distintas de lo que significaba la felicidad.

–Gastar dinero, por supuesto. Con el dinero se pueden comprar autos, casas, viajar a lugares increíbles, se puede comer en restaurantes caros… se pueden hacer muchas cosas con el dinero. Y hacer esas cosas da felicidad… –respondió él.

–Pero nosotros lo vemos aquí a usted, y está perdido, ¿verdad? –le cuestionó un hombrecito.

–Sí, vine con un grupo de amigos a un pueblo cercano, se me ocurrió meterme al bosque solo y me perdí. Pero ya de seguro mis amigos van a encontrarme.

–¿Entonces para qué le sirven esos papeles que usted llama dinero? Usted está perdido, ¿esos billetes lo ayudarán a dejar de estar perdido en este bosque? – preguntaron los hombrecitos.

–Bueno, aquí no llega la señal a mi teléfono y no he encontrado a nadie que me pueda ayudar a salir de aquí. Si me encontrara con alguien le ofrecería dinero para que me ayude a salir de este bosque… –respondió el hombre alto.

–Si usted nos ayuda a mover algunos sacos de minerales que tenemos por allá, le diremos cómo salir del bosque y volver a su pueblo.


Cada vez eran más y más los hombrecitos que se estaban juntando a mirar la extraña escena con aquel hombre alto.


–¿Mover sacos? Por supuesto que no. Yo no voy a dañar mis manos por unos cuantos sacos. Prefiero darles algunos billetes y así que me digan cómo salir de aquí.


Los hombrecitos ya habían notado que aquel hombre sólo pensaba en dinero, quería solucionar todo con billetes. Y ellos estaban dispuestos a darle una gran enseñanza.


–A nosotros no nos sirven sus billetes, señor. Aquí bajo tierra tenemos todo lo que necesitamos. Trabajamos la tierra porque nos gusta y porque a veces la naturaleza nos pide que movamos la tierra porque hay cosas que deben acomodarse. Aquí en nuestras cuevas tenemos un hogar y comida. Todos nos llevamos bien y nos apreciamos. Pero en usted vemos que tiene más aprecio a esos billetes que a cualquier otra cosa.

–Mejor díganme de una buena vez cómo salgo de este bosque y acepten unos cuántos billetes –El hombre se estaba impacientando.

–Ayúdenos a trasladar los sacos y le diremos. No queremos su dinero.

–¡Ustedes son testarudos! –gritó el hombre.

–En realidad, nos divierte que pierda la paciencia tan fácil. Hombres como usted, con tan poca paciencia, queriendo solucionar todo fácil, nos recuerdan a las historias que nos cuentan los vientos, sobre los hombres de las grandes ciudades. Tienen grandes lujos que brillan ante los demás pero sus almas no brillan ni un poquito… –respondió un hombrecito.


El alto hombre pensó un momento, que quizás su mejor opción era transportar los sacos de los hombrecitos hacia donde ellos querían. Eso sonaba mejor a tener que pasar toda la noche escuchando a unos hombrecitos de diez centímetros que hablaban mal del valioso dinero.


–Muy bien, ustedes ganan. Les ayudaré pero no olviden su parte del trato –respondió.

–Jamás se nos olvidan nuestros tratos, somos gnomos y nuestra palabra vale. Me ofrezco a acompañarte. Iré caminando junto a ti para que cuando termines con los sacos pueda decirte cómo salir de aquí –respondió un hombrecito.

–Irás sentado en mi cabeza, si vas caminando junto a mí tardaremos más, tus pasos son más cortos que los míos. Quiero salir rápido de aquí… –respondió el hombre rico.

–Que hasta para caminar seas impaciente, hombre.


El hombre alto no quiso discutir más, detrás de unos arbustos estaban los sacos de minerales. Los hombrecitos tardarían dos semanas en terminar de transportar todo ese peso, por lo tanto esto les ayudaría a avanzar con más diligencia y tendrían tiempo para hacer otras cosas en sus labores del bosque. El hombrecito subió a la cabeza del hombre alto y decidió afirmarse de sus finos cabellos.


–Desde aquí la vista es espectacular –dijo sorprendido el hombrecito.


Ambos emprendieron la caminata. El hombre alto caminaba a paso firme, guiado por el gnomo. En cada mano llevaba un pesado saco y en su cabeza el hombrecito se hallaba sentado admirando el paisaje. Los insectos nocturnos ya habían comenzado a tocar sus melodías y a lo lejos podía escucharse el agua correr.


–¿Hay algún riachuelo por aquí? Escucho agua –dijo el hombre.

–Hay una cascada, pero debes llegar a ella a través de la entrada correcta.

–Hablas muy extraño –respondió el hombre alto.

–Tú hablas muy extraño –contestó el hombrecito.


Avanzaron un poco más y llegaron a dos frondosos árboles que estaban llenos de vida. Muchísimos insectos vivían en su tronco, ramas y hojas. Y el sonido que podía percibirse era hermoso.


–Si pasas por el medio de ambos árboles entrarás al lugar donde está la cascada. Te indicaré dónde dejar los sacos.


El hombre alto estaba incrédulo. A simple vista se notaba que entremedio de los árboles seguía viéndose el mismo bosque en el que estaban y no se veía ninguna cascada, pero sí podía escucharla. Pasó desconfiado, y penas sus pies cruzaron los dos árboles, la cascada apareció frente a él y un clima cálido lo inundó.


–¿Cómo puede ser eso posible? –dijo el hombre en voz baja.

–Se llama cascada de Anticara. Esta cascada alimenta todo el bosque a través de túneles ocultos. Desde aquí los minerales serán bien distribuidos a través del bosque.


El hombre no podía emitir palabras. Estaba tan sorprendido por lo que estaba viendo. Pasar por entre dos árboles y que una dimensión paralela se extendiera en un abrir y cerrar de ojos era simplemente mágico.


–Hay cosas que te harán más feliz que ese montón de dinero que tienes en el bolsillo. Cuando veas que una semilla que plantaste y alimentaste con agua y nutrientes decide romperse para que nazca una flor, descubrirás que lo simple de la vida está en ayudar a que la vida misma se abra camino –dijo con tranquilidad el hombrecito.


El hombre alto escuchó y guardó silencio. El hombrecito le dijo que era momento de salir, por el mismo camino que habían entrado, por entremedio de aquellos dos hermosos árboles.


Cuando salieron, el hombre se percató que estaban en el límite que había entre el bosque y el pueblo en que él se estaba hospedando. El hombrecito ya no estaba sobre su cabeza, pero a lo lejos escuchó al hombrecito gritar.


–¡Revisa tu bolsillo. Plántalo en un macetero cuando vuelvas a tu casa!.


El alto hombre metió la mano en su bolsillo y se percató que su dinero se había convertido en tierra húmeda y podían verse algunas semillas también.


–Tendrás que tener paciencia si quieres ver algo brotar de allí. No le puedes ofrecer dinero a la semilla para que apresure su crecimiento –dijo el hombrecito.


El hombre rico se sorprendió ante semejante escena. Su preciado dinero había desaparecido, pero el recuerdo de la cascada y el lugar mágico que había aparecido frente a sus ojos era algo que él jamás podría olvidar. Se prometió a sí mismo dejar esa tierra en un macetero cuando volviera a su casa. Quizás podría presenciar cómo una flor nacía y esperaba que uno de los gnomos lo visitara para asegurarse de que aquella flor creciera sana y fuerte.

 
 
 

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